Donde el alma cose (no soy la misma, y eso también está bien)
No soy la misma que fui.
Ni la que creía que debía ser.
Y decirlo no me pesa: me alivia.
Durante mucho tiempo pensé que cambiar era perder algo. Que soltar versiones anteriores era una forma de traición a la historia, al camino recorrido, a la imagen que otros tenían de mí… incluso a la que yo misma había construido con tanto esmero. Hoy sé que no cambiar habría sido quedarme quieta por miedo.
He cambiado porque viví.
Porque escuché.
Porque hubo procesos que no pasaron de largo y me obligaron a bajar la velocidad, a mirar hacia adentro, a hacerme preguntas incómodas.
Hoy sostengo menos cosas, pero las sostengo mejor.
Sostengo la coherencia entre lo que pienso, lo que siento y lo que hago.
Sostengo el trabajo hecho con tiempo, con atención, con respeto por los procesos —los visibles y los invisibles.
Sostengo la intuición, esa voz baja que antes dudaba en escuchar y que ahora tiene un lugar propio.
Lo que ya no sostengo también me define.
No sostengo la urgencia constante.
No sostengo la necesidad de agradar.
No sostengo la idea de que producir más es sinónimo de valer más.
Hay un punto en el que la identidad deja de construirse hacia afuera y empieza a ordenarse por dentro. Ahí entendí que el sentido no está en llegar, sino en cómo se camina. Que el propósito no siempre grita, a veces susurra. Y que la espiritualidad cotidiana no vive en grandes gestos, sino en elecciones pequeñas y coherentes.
Coser siempre fue más que una técnica. Fue un lenguaje. Una forma de unir lo que parecía separado, de darle estructura al caos, de habitar el tiempo con las manos. Con los años comprendí que no solo coso telas: coso procesos, coso historias, me coso a mí misma.
El alma cose cuando no necesito explicarme.
Cuando el oficio no es una máscara, sino una extensión de quien soy.
Cuando puedo ser la misma en lo que hago, en lo que enseño y en lo que callo.
No siempre es fácil vivir alineada. A veces implica soltar caminos que ya no encajan. A veces quedarse en silencio mientras otros corren. A veces confiar sin garantías. Pero la paz que nace de ese lugar no se negocia.
No soy la misma.
Y eso no es una pérdida.
Es una señal de que estoy viva, atenta, en movimiento.
Donde el alma cose, todo encuentra su forma.
Y desde ahí —solo desde ahí— vale la pena crear, trabajar y compartir.