Los hilos siempre saben volver.
Hay frases que llegan para quedarse.
No porque cambien nuestra vida.
Sino porque iluminan un rincón que llevaba demasiado tiempo en penumbra.
Y, de pronto, vemos algo que siempre estuvo ahí.
Eso me ocurrió hace unos días.
Escuché una frase sencilla.
Hablaba de pequeños destellos.
De esa mujer que un día creí haber dejado atrás.
Y desde entonces no he dejado de pensar en ella.
No porque quiera volver atrás.
La vida no funciona así.
Ni las personas tampoco.
Lo que realmente me conmovió fue comprender que, quizás, esa mujer nunca se fue.
Quizás simplemente quedó cubierta por las responsabilidades.
Por las decisiones.
Por las pérdidas.
Por los cambios.
Por la vida.
Y entonces empecé a mirar con más atención.
Descubrí una manera de sonreír que creía olvidada.
La ilusión con la que comienzo un proyecto nuevo.
La curiosidad que siempre me ha acompañado.
Las ganas de aprender.
Las ganas de crear.
Y comprendí que aquello no eran recuerdos.
Eran pequeños destellos.
Como esos hilos que asoman tímidamente entre las costuras de una prenda para recordarnos de dónde viene.
Las modistas sabemos que una prenda nunca olvida el primer patrón sobre el que fue cortada.
Puede transformarse.
Acortarse.
Ensancharse.
Cambiar de cuello.
De mangas.
De botones.
Incluso puede parecer una prenda completamente distinta.
Pero, si sabemos mirar, todavía conserva la memoria de aquel primer trazo.
Quizás el alma también sea así.
Desde que nació Donde el alma cose, muchas veces he pensado que el alma se parece mucho más a una costurera que a una diseñadora.
La diseñadora imagina.
La costurera escucha la tela.
La observa.
La gira entre sus manos.
Respeta su caída.
Comprende sus límites.
Y, cuando hace falta, descose sin enfadarse con la prenda.
Porque sabe que descoser no significa empezar de cero.
Significa darle una nueva oportunidad.
Creo que con nosotros sucede exactamente lo mismo.
La vida nos transforma.
Nos cambia el ritmo.
Las prioridades.
Los lugares que llamamos hogar.
Las personas que amamos.
Los sueños.
Y, a veces, llegamos a creer que para seguir adelante debemos dejar atrás todo lo que fuimos.
Como si crecer consistiera en convertirnos en alguien diferente.
Pero hoy pienso justamente lo contrario.
Creo que crecer consiste en reunir todas nuestras versiones.
En dejar que convivan.
En comprender que ninguna llegó para sustituir a la anterior.
Cada una vino a enseñarnos algo.
La niña que soñaba sin miedo.
La joven que creía que el mundo era inmenso.
La mujer que dudó.
La que tuvo miedo.
La que se rompió.
La que volvió a empezar.
La que aprendió a despedirse.
La que descubrió que también podía construir un nuevo hogar.
Ninguna desapareció.
Todas siguen viviendo en el mismo tejido.
Quizás esa sea la mayor obra de la vida.
No convertirnos en alguien nuevo.
Sino aprender a reconocer, con ternura, a todas las personas que hemos sido.
Porque incluso las costuras que un día tuvimos que deshacer forman parte de la prenda que hoy somos.
Incluso los remiendos tienen belleza cuando cuentan una historia.
Hoy sé que aquellos pequeños destellos no aparecieron para recordarme quién fui.
Aparecieron para recordarme quién sigo siendo.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque ya no se trata de recuperar una versión antigua de mí.
Se trata de reconocer que nunca dejó de caminar a mi lado.
Solo estaba cubierta por el ruido.
Por las prisas.
Por las obligaciones.
Y por todas esas capas que la vida, inevitablemente, va cosiendo sobre nosotros.
Entonces comprendí algo que me hizo sonreír.
Los hilos siempre saben volver.
No vuelven al pasado.
Vuelven a la esencia.
Vuelven a aquello que siempre estuvo ahí, esperando el momento de ser visto otra vez.
Quizás el alma haga exactamente eso.
No nos convierte en alguien distinto.
Nos acompaña, puntada a puntada, hasta el momento en que volvemos a reconocernos.
Y cuando eso sucede, descubrimos que nunca estuvimos perdidos.
Solo habíamos dejado de mirarnos con la misma ternura.
Vivi Seijas
Donde el alma cose