"Pensé que la costura se estaba rompiendo. Tardé mucho tiempo en comprender que la prenda simplemente estaba cambiando de forma."
Tardé mucho tiempo en comprender que la prenda simplemente estaba cambiando de forma.
Hay costuras que se abren solas.
No importa cuánto empeño pongamos en mantenerlas cerradas.
No importa cuántas veces reforcemos el hilo.
No importa cuánto cariño les tengamos.
Un día simplemente ceden.
Y durante un tiempo creemos que el problema es la costura.
Pensamos que se ha roto.
Que ha fallado.
Que algo salió mal.
Buscamos el error.
El momento exacto.
La puntada que faltó.
La decisión equivocada.
Intentamos entender por qué aquello que parecía sostenerse tan bien ya no puede hacerlo.
Pero la vida, igual que la costura, tiene sus propios misterios.
Con los años he aprendido que algunas costuras no se abren porque estén mal hechas.
Se abren porque la prenda ya no puede seguir siendo la misma.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque cuando creemos que algo se rompe, luchamos por repararlo.
Intentamos volver atrás.
Volver a la forma original.
Recuperar aquello que conocíamos.
Pero cuando comprendemos que la prenda está cambiando, la mirada se transforma.
Ya no se trata de reparar.
Se trata de acompañar.
De observar.
De confiar.
No es fácil.
Nadie nos enseña a convivir con los cambios.
Nadie nos explica qué hacer cuando una parte de nuestra vida deja de encajar con el patrón que habíamos imaginado.
Porque los cambios tienen mala prensa.
Siempre hablamos de ellos después.
Cuando la tormenta pasó.
Cuando ya encontramos sentido a lo vivido.
Cuando podemos mirar atrás y decir: "Todo ocurrió por algo".
Pero pocas veces hablamos de lo que sucede en medio.
En ese instante incómodo en el que todavía no sabemos si estamos perdiendo algo o creando algo nuevo.
En ese espacio donde el miedo se sienta a nuestro lado y nos pregunta una y otra vez si seremos capaces.
Quizás por eso muchas veces confundimos transformación con fracaso.
Confundimos movimiento con pérdida.
Confundimos el descosido con el final de la prenda.
Y no siempre es así.
Algunas de las prendas más hermosas que he confeccionado nacieron después de deshacer una costura.
Después de volver a cortar.
Después de modificar el patrón.
Después de aceptar que la idea inicial ya no era la correcta.
Mientras sucede, duele.
Porque cada puntada que quitamos representa tiempo, ilusión y esfuerzo.
Pero después aparece algo inesperado.
Espacio.
Espacio para una nueva forma.
Espacio para una nueva caída.
Espacio para una versión que antes no habíamos sido capaces de imaginar.
Quizás la vida también funcione así.
Quizás algunas de las cosas que más nos asustan no vienen a destruirnos.
Vienen a transformarnos.
Vienen a enseñarnos que somos más flexibles de lo que creíamos.
Más resistentes de lo que imaginábamos.
Más capaces de volver a empezar de lo que jamás habríamos pensado.
Y entonces, un día cualquiera, miramos hacia atrás.
Y comprendemos.
Comprendemos que aquello que tanto miedo nos daba atravesar no nos rompió.
Aquello que parecía el final de una historia simplemente estaba cambiando su forma.
Aquello que interpretamos como una pérdida estaba preparando un espacio.
Y la costura que creíamos rota...
Solo estaba invitándonos a coser de una manera diferente.
Porque hay hilos que unen.
Hay hilos que sostienen.
Y hay hilos que, cuando llega el momento, deben soltarse para que el tejido pueda seguir creciendo.
Tal vez la verdadera sabiduría consista en aprender a distinguir unos de otros.
Y confiar.
Incluso cuando todavía no somos capaces de ver la prenda terminada.
Vivi Seijas
Donde el alma cose