Cerrar capitulos es también una forma de amor.

Hay momentos en la vida en los que avanzar no significa correr hacia algo nuevo, sino tener el valor de cerrar lo que ya cumplió su propósito.

Durante cuatro años, Madrid fue una parte importante de mi historia. Entre sus calles, sus trenes, sus prisas y sus encuentros, construí una etapa que me enseñó mucho más de lo que imaginaba. Fueron años de aprendizaje, de desafíos, de crecimiento y también de profundas transformaciones.

Pontejos fue una casa durante ese tiempo. Un lugar donde compartí conocimientos, donde conocí personas maravillosas y pude acompañar a muchas mujeres en sus primeros pasos en el mundo de la costura. Cada clase, cada conversación y cada proyecto formaron parte de un camino que hoy agradezco profundamente.

Cuando aquella etapa llegó a su fin, no fui capaz de cerrar la puerta de golpe.

Quizá por eso nació mi pequeño taller de la calle Hermosilla.

Hoy, mirándolo con perspectiva, creo que aquel espacio fue mucho más que un taller. Fue un intento de que nada terminara del todo. Una manera de no perder el vínculo con mis chicas, ese grupo de mujeres a las que quiero entrañablemente y que durante años formaron parte de mi vida cotidiana.

Necesitaba seguir compartiendo tiempo con ellas. Seguir escuchando sus historias. Seguir celebrando sus avances, proyectos y sueños. Necesitaba que aquellas horas de costura siguieran existiendo de alguna manera.

Y así nació Hermosilla.

Como un puente entre un capítulo que terminaba y otro que todavía no me atrevía a comenzar.

Fue un refugio. Un lugar de transición. Un espacio construido desde el cariño y la necesidad de conservar algo muy valioso: los lazos que habíamos tejido juntas.

Pero los puentes no están hechos para quedarse a vivir sobre ellos.

Están hechos para ayudarnos a cruzar.

Y cuando llegó el momento, entendí que debía dejar de mirar hacia atrás, empezar a construir, de verdad, lo que llevaba años soñando.

Porque la vida, como las telas, tiene sus ciclos.

Hay costuras que se terminan para que otras puedan comenzar.

Y hoy siento que ha llegado ese momento.

Cerrar este capítulo no significa olvidar. Significa honrar lo vivido y reconocer que mi corazón ya estaba cosiendo en otro lugar.

Mi alma llevaba tiempo encontrando refugio en Aranjuez.

No fue una decisión repentina. Fue una certeza que fue creciendo despacio, puntada a puntada. Mientras viajaba, enseñaba, construía y soñaba, algo dentro de mí ya sabía que el camino me estaba llevando hacia aquí.

Aranjuez no es solamente una ciudad.

Es el lugar donde me hice mi casa.

Mi nuevo hogar.

Donde encontré la calma después de muchos años de movimiento.

Donde Bruno está creciendo y construyendo sus propios sueños.

Donde aprendí a echar raíces después de tantos cambios.

Y donde hoy puedo abrir las puertas de un espacio que se parece profundamente a quien soy.

Aquí he construido mi taller, mi hogar creativo, mi lugar en el mundo. Aquí las puntadas tienen otro ritmo, las conversaciones otro tiempo y los sueños comienzan a tomar la forma que durante años imaginé.

No cierro una puerta con tristeza.

La cierro con gratitud.

Porque todo lo que viví en Madrid me trajo hasta aquí.

Porque Pontejos fue parte de mi historia.

Porque Hermosilla fue el puente que necesitaba cruzar.

Porque cada alumna, cada experiencia y cada aprendizaje forman parte de la mujer que soy hoy.

Y porque he aprendido que crecer significa soltar aquello que amamos para abrazar aquello que estamos destinadas a construir.

Hoy cierro un capítulo.

Pero no cierro una historia.

Al contrario.

Siento que estoy comenzando a escribir una de las páginas más auténticas de mi vida.

Con mi hogar.

Con mis alumnas.

Con mis proyectos.

Con Donde el alma cose.

Y, sobre todo, con mi alma.

Porque algunas decisiones no se toman con la cabeza.

Se toman cuando el corazón, después de un largo viaje, encuentra por fin el lugar donde quiere quedarse.

Porque Pontejos fue mi historia, Hermosilla fue mi puente y Aranjuez es, por fin, mi hogar.

Vivi Seijas

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